ELLA

Extrañas luces brillaban aquella noche en el horizonte.

Caminé hacia ellas. Algo me animaba a seguir, a olvidar el dolor.

Un recuerdo vino a mi mente. Ella.

El miedo me invadió. ¿Había llegado al final de mi viaje? ¿Estaba ante las respuestas que tanto anhelaba? Tanto tiempo… no, no era posible.

Tropecé de nuevo. No recordaba nada, pero sin embargo, intuía que lo que buscaba estaba cerca.

Volví a levantarme y eché a correr. Distinguí el final del túnel frente a mí.

De pronto, la vi. Ya no recordaba su nombre, pero supe que era ella. Su sombra se desvanecía por momentos, tenía que alcanzarla. ¿Por qué la buscaba? Lo había olvidado hace mucho tiempo.

Salí al exterior. Conocía ese lugar, lo había visto antes. Un mar infinito se extendía ante mí. Había huellas en la arena. Distinguí una figura en la lejanía. ¿Era realmente ella?

En el cielo, aquellas luces encerraban un terrible secreto, lo sabía.

Pero no me importaba. Cada vez estaba más cerca.

La vi claramente. Era ella. Los recuerdos volvían a mi mente con violencia. Caí al suelo. Comprendí muchas cosas. Allí estaba, vuelta hacia el mar. Tan cerca, pero a la vez, tan lejos.

Sabía lo que iba a ocurrir entonces. Todo era como la última vez. Se alejaba lentamente. Quise moverme, traté de llamarla… pero fui incapaz. El dolor sacudió mi alma. No podía hacer nada, todo había sido en vano. La había vuelto a perder.

Cuando levanté la mirada, ya no estaba. Se había marchado, como la última vez.

Llovía. Las luces en el cielo habían desaparecido, y oscuras nubes habían ocupado su lugar. La superficie del mar, antes en calma, se agitaba ahora con violencia. Llevaba horas en la playa.

Regresé al túnel. Volví a fijarme en las huellas sobre la arena. Eran mías.

El dolor había regresado de nuevo, mucho más intenso que antes. Por primera vez, temí que aquello que había perseguido durante toda mi vida… no había sido más que un sueño que no existía. ¿Hacía cuánto tiempo que se había marchado? Me fallaba la memoria. Ni siquiera sabía por qué se había ido. Pero ahora ya nada importaba.

Cuando llegué al otro extremo del túnel, había dejado de llover. Estaba amaneciendo.

Sabía que mi tiempo se acababa.

Junto a la boca del túnel se extendía un bosque. Ya había estado allí antes, con ella. Había sido hace mucho tiempo, una eternidad.

Me adentré entre los árboles. No había sendero, pero conocía el camino. Una nueva determinación me guiaba. Buscaba una última respuesta. Después todo habría acabado.

De pronto, los árboles se separaron y llegué a un claro. Me estremecí. Algo terrible había ocurrido allí. Memorias olvidadas afloraron en mi mente. Aquel lugar… todo me recordaba a ella.

Pero ya no tenía miedo. Comenzaba a comprender.

No muy lejos se alzaba un muro de piedra. Mis sentidos se nublaban. Miré al cielo y supe que aquel sería mi último amanecer. Las fuerzas me abandonaban. Pero tenía que llegar hasta el muro. Ella… estaba allí.

Oía su voz. Como antes. Me llamaba.

Me arrastré hasta la pared de piedra. Se perdía entre los árboles hasta donde alcanzaba la vista. No había ninguna puerta. Sería incapaz de saltarla, era demasiado alta. La desesperación se apoderó de mí. Se me cerraban los ojos.

Una parte del muro se había caído algo más allá. Agonizante, me arrastré hasta los escombros.

Pude ver lo que había más allá.

Allí estaba ella, de nuevo. Me miró con una tristeza infinita. Pero yo sonreí.

Dos ángeles de piedra flanqueaban la entrada al cementerio. Me arrastré entre las lápidas. La que buscaba no estaba muy lejos.

Llegué hasta mi última respuesta. Una tumba.

Ella lloraba. Traté de agarrar su mano, pero sólo rocé el aire.

Me desplomé sobre el suelo empedrado. Ya no sentía dolor. Todo había acabado.

Supe por qué se había marchado. 

 


 

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